10 agosto 2017

Decálogo fundacional del nuevo "nuevo periodismo" español

Ha terminado por ser imprescindible que los grandes medios de comunicación de este país, esos diarios de referencia, esas cadenas de radio de prestigio y esas cadenas de televisión de calidad nos iluminen y publiquen especiales (a ser posible dominicales) sobre qué, cómo y cuándo algo nos debe indignar, molestar y preocupar. Ya son demasiados años de libertinaje intelectual. Internet nos abrió demasiadas puertas que deben ser cerradas y sólo con la guía de las mentes privilegiadas del periodismo patrio volveremos a la senda del consenso y la construcción común de nuestro país. ¡España! Necesitamos unas pocas ideas-fuerza y muchas emociones primarias. O, dicho de otra manera: ¡orientadnos que nos perdemos, coño! Ofrezco mi ayuda. Modesta, lo sé. Pero aporto ideas:

1. "No se puede criticar al turismo, imbéciles. Gracias a él os hemos hecho creer que tenéis presente aunque sepáis que no tenéis futuro."

2. "No es verdad que deban existir esos derechos laborales que tú no tienes. En tal caso son privilegios. Si tú no disfrutas de esas condiciones laborales los que hacen esa huelga para defenderlas tampoco las merecen. Ódialos." 

3. "No te preocupes del porqué de una huelga. ¿Para qué? Nosotros, los medios de comunicación de prestigio de este país, te contaremos lo importante: ¿cómo te afecta esa huelga a ti, ciudadano? No lo dudes, solo se hace para joderte." 

4. "No tiene trascendencia alguna que el CIS diga que el tema catalán te importa un carajo. Eso es porque no tienes muy claras tus preocupaciones. Afortunadamente nos tienes a nosotros para reevaluar tus prioridades: has de encabronarte (y mucho) con este asunto. Odia y calla. No, mejor: odia y vocifera." 

5. "Que el Banco Santander compre por 1 euro el Banco Popular y después consiga un beneficio de 5000 millones de euros por vender su patrimonio inmobiliario a un fondo buitre como Blackstone (el que compró las VPO a Ana Botella en Madrid) es completamente normal. ¿Te extraña algo de la operación, algo te huele mal? Eso es porque no entiendes de economía. Pobre. Déjanos explicártelo." 

6. "Es absolutamente natural pagar con dinero público casi 4000 millones de euros por unas autopistas de peaje privadas y quebradas para, tras sanearlas, volver a privatizarlas. Solo los rojos no lo entienden. Tú sí, ¿no?"

7. "¿Te encabrona que al final perdamos más de 60.000 millones de euros de dinero público por esas ayudas a la banca que siempre te aseguraron que el sector financiero nos devolvería?... ¿Qué eres? ¿Un crío? Entre todos hemos conseguido superar la crisis... ¿Que cobras una mierda en un trabajo de mierda? Pues emprende, coño, emprende."  

8. "Cuando dudes, vaciles y tu cuñado podemita te dé demasiado la brasa solo has de volver a nosotros y beber de la fértil fuente de nuestros imparciales y lúcidos columnistas: Arturo Pérez Reverte,  Javier Marías, David Gistau, Edurne Iriarte, Javier Cercas, Jorge Bustos, Carlos Herrera, Alfonso Ussía, Francisco Marhuenda, Arcadi Espada, Ansón, Isabel San Sebastián, Hermann Tertsch... También fueron nuestros columnistas Esperanza Aguirre, Ignacio González... Disfruta y aprende. Son lo mejor de este país. Calidad. Nuestro ADN." 

9. "Existe un país, Venezuela, con el que España mantiene una relación tan especial que cada día nos vemos en la obligación de contarte todo lo que en él sucede. Venezuela nos duele. Nos hace sufrir. En los 90 se llamaba Cuba. Qué cosas."

10. "¿Empiezas a estar cansado de tanta política, de tanto enfrentamiento, de tanta  tristeza social? Lo entendemos. Casi que es mejor que vuelvas a  pasar de todo (otra vez). Goza de nuestros programas de mierda y de nuestro basureo emocional. ¿Qué hay mejor que llenar tu vida de mierda con la mierda de las vidas de otros?"

01 agosto 2017

Gotas de cine (4): John Ford, el poeta de lo cotidiano

John Ford, el gran poeta de la cotidianidad del cine americano. En mi opinión fue el mas grande entre los grandes maestros de Hollywood. Conseguía que la vida traspasara la pantalla, que lo ordinario se convirtiese en extraordinario ante los ojos del espectador, que los detalles convirtiesen en verdad el producto de su ensoñación, de su obsesión por la familia, por la camaradería y la lealtad. Su cine se alimenta de la nostalgia por un mundo menos civilizado, más libre, menos encorsetado por las necesarias leyes que vinieron a ordenar las sociedades modernas. Da igual que ese mundo jamás existiera realmente. Él lo creó para nosotros. El cine de Ford, como el de todos los grandes directores, gravita sobre un puñado de ideas-fuerza sobre las que reflexionó toda su vida, permitiéndonos viajar con él a través de sus grandes contradicciones vitales. Pocos cineastas permiten la extraordinaria diversidad de lecturas que se han hecho de su obra gracias, sin duda, a la enorme libertad que destilan sus películas.

Pero en esta ocasión no voy a escribir sobre los grandes temas del cine de Ford. Quiero centrarme tan solo en su extraordinaria habilidad para la dirección. En cómo conseguía exprimir al máximo lo que para otros solo son momentos muertos del relato cinematográfico. Esta secuencia de Centauros del desierto es oro puro. Es de esas secuencias que todo veterano aficionado al cine recuerda aunque no sepa exactamente por qué. Es su aparente simpleza la que la hace tan grande. No hay alardes técnicos. No hay audaces movimientos de cámara. No hay actores mostrando angustia existencial. Nada de eso es necesario. Merece la pena analizar la que para mí es una de las mejores secuencias de la historia del cine.


Han robado algunas vacas de uno de los colonos de la zona y el reverendo Samuel Johnson Clayton (también capitán de los exploradores de Texas) está montando un grupo para perseguir a los ladrones. A partir del segundo 13 la secuencia explota. Todos los actores (que interpretan a personajes que terminarán resultando trascendentes en la historia) se sitúan delante de una cámara fija y se ponen en movimiento. Y de qué manera.  Respiran vida en cada fotograma. Como espectador aspiras el aroma de ese café y saboreas esas galletas. Sientes que esos personajes son de carne y hueso, que existen y estás presenciando un momento de su vida. Ese mundo de normalidad y alegría se rompe en el segundo 48. Una puerta se abre al fondo y de la oscuridad surge Ethan (John Wayne). El espectador siente la perturbación. Bajo el discurso del reverendo se escucha el sonido ominoso del taconeo de las botas de Ethan mientras se acerca hacia él. Tensión. Mientras Ethan se desplaza la cámara comienza levemente a moverse, cerrando el espacio de visión. En el 1:13 Ethan termina encarándose con el reverendo/capitán, que hasta ese momento no ha notado su presencia. El sarcasmo de Ethan cuando exclama "¡capitán!" hace daño. El reverendo se levanta. El tono de la secuencia ha cambiado. Desde que Ethan aparece al fondo el movimiento de la cámara va asfixiando al espectador y a los personajes. Finalmente solo Ethan, el reverendo y Debbie quedan centrados en la imagen. No es casual que Debbie permanezca hasta ese momento. Ese tramo de la secuencia acaba en el 1:20, cuando el reverendo se levanta. El plano general se ha transformado, elegantemente, en poco más de un minuto, en un plano medio de dos personajes que se encaran. Lo que comenzó pareciendo una secuencia cualquiera, casual e intrascendente (no lo era) desemboca en enfrentamiento crucial que determinará la historia que se va a contar. Y todo en un minuto y medio. Brutal.

27 mayo 2017

Historias de una graduación de la enseñanza pública

Los observo con orgullo mientras suben al escenario, con esas sonrisas congeladas en sus caras, sonrisas que transmiten una extraña mezcla de nervios, excitación y satisfacción. Hoy es su fiesta, su graduación, han terminado 2º de Bachillerato, ese curso tan complicado, para muchos el más difícil de sus vidas.

Conocí a esta generación de alumnos hace cuatro años, en 2013, en 3º de ESO, cuando repetía por segundo curso consecutivo en el mismo instituto. No es fácil para un profesor interino dar varios cursos seguidos en el mismo centro y se tuvieron que dar dos circunstancias para ello: que a mí no me importara repetir con jornada parcial (importante) y que el instituto fuese (y sea) uno de esos centros que el colectivo docente cataloga como "complejo" (clave), por lo que no suele ser excesivamente solicitado por los profesores que tienen ya plaza fija y, por tanto, poseen cierta capacidad de decisión sobre el destino en el que trabajar.

Yo había llegado allí el curso anterior, en septiembre de 2012. Lo recuerdo como si fuera ayer. Empecé a trabajar un 20 de septiembre. Mari, mi hermana, había fallecido del putocancer el 9 de ese mismo mes. No parecía fácil volver al mundo real tras ese verano en el infierno pero dar clases resultó ser, finalmente, algo reparador... Pero esa es otra historia.

Cuando conocí a esta generación que ahora se gradúa estaban distribuidos en tres cursos de 3º ESO. Les daba clases de Física y Química, claro. Dos horas a la semana. ¿Cómo eran por entonces? Pues como son en general los adolescentes a esa edad, en ese nivel, tan complicado, tan difícil. Los había infantiles, insolentes, enormemente inteligentes, protestones. Los había divertidos, introspectivos, inquietos, incapaces de atender en clase. Los había objetores educativos, responsables, creativos, trabajadores. Y casi todos ellos ejercieron, en algún momento del año, en una de esas categorías en las que pobremente terminamos clasificando a los alumnos. ¿Qué era lo que les unía a todos? Nada sorprendente, nada que todo el mundo no sepa: todos, de una manera u otra, parecían estar enfadados con el mundo. Con sus profesores, con sus padres, con sus obligaciones. Pero tan solo había que rascar un poquito, acercarse a ellos, escucharlos con cierta atención para percibir que, tras esa primera capa de rebeldía natural, se escondían niños y niñas encantadores, se ocultaban muchos sueños, muchos miedos, muchas penurias y demasiada poca rabia. Casi todos, por acción, obligación o respeto respondieron positivamente a la única exigencia ineludible de mis clases: había que estudiar, que trabajar, las clases debían servir no solo para aprender sobre ciencia (prioritario) sino también para entender la necesidad de esforzarse cada día para conseguirlo. Había algunos, pocos, que demostraban en cada clase un enorme interés por aprender. Menos de lo que uno siempre desea. [¿Te extraña? ¿Qué te crees? ¿Que estás leyendo un relato de fantasía pedagogista?  Esto es la vida real.] Lo que sí aceptaron casi todos fue lo que todo profesor debiera desear: no estudiar no era opción. En el fondo, vistos desde fuera, pudiera parecer que nada los distinguía de tanto otros estudiantes de tantos otros centros de las zonas pobres de Madrid. Nada pareciera poder servir para distinguirlos. No es verdad. En absoluto. Para mí, que les daba clases, se convirtieron en especiales, diferentes y entrañables

Tras el curso 2013/2014 ya no repetí, me marché. O decidieron que me marchara. Qué más da. Era lo lógico, lo que tenía que pasar y pasó. De todas maneras sigo defendiendo que nada mejor para un grupo de alumnos que no repetir con el mismo profesor, en la misma materia, durante varios años. Aparecen nuevas voces, surgen nuevas ideas y se abren nuevas puertas cuando se cambia de profesor. De manera que ellos, ya sin mí cerca, se fueron haciendo mayores. Cursaron  4º de ESO y 1º de Bachillerato mientras algunos iban quedándose atrás, otros se desviaban hacia el mundo de la Letras y yo gravitaba de centro en centro, haciendo lo que creo que mejor sé hacer: trabajar enseñando ciencia en unos niveles educativos determinantes para el futuro académico y laboral de los adolescentes.

De repente, en el verano de 2016, en uno de los peores momentos de mi vida laboral, el destino me llevaba de nuevo a ese pueblo de Madrid que pocos pueden poner en el mapa cuando se menciona en cualquier conversación. Y no solo regresaba al centro sino que tenía que volver a dar clases a muchos de ellos, a muchos de mis antiguos alumnos, ahora ya en 2º de Bachillerato. Nada más y nada menos que en la materia de Física. Con asombro y aprensión descubría, además, que eran casi 25 los chicos que la cursaban (una anomalía debida a las necesidades organizativas de un centro pequeño). Recuerdo el primer día que vi a algunos de ellos en esos primeros días de septiembre y cómo una de ellos exclamaba: "¡Pepe, qué alegría, estás igual!". Y lo decía feliz, confiada, contenta por volver a tenerme como profesor. Mientras, yo, consciente del horizonte que se abría, empezaba a angustiarme, a agobiarme: ¿sabría estar a la altura del reto que se me exigía? 

El curso ha sido largo y complicado. Los he visto sufrir, llorar, encabronarse, someterse, rebelarse, volver a sufrir, y a llorar. Pero sobre todo los he visto luchar. A casi todos. Luchar, una  y otra vez,  enfrentándose  a sus propias capacidades, desafiando a miserables determinismos socioeconómicos, enfrentándose a un sistema que los impulsa hacia otras labores y hacia otros estudios, que los quiere apartar de los estudios superiores, que ignora sus sueños y sus necesidades. Ellos sí se enfrentan en soledad, solo con sus armas, a la exigencia educativa. Muchos otros, cuando sufren, gracias a su posición socioeconómica, disponen de todo tipo de ayudas para superar las dificultades, mientras que ellos solo cuentan con su esfuerzo, con su cabezonería y con su grupo de amigos. No todos lo consiguieron. No todos fueron capaces de aprobar. Casi todos lo merecieron por su esfuerzo pero lamentablemente con eso no basta. Tendrán otras oportunidades y terminarán consiguiéndolo. Seguro.

Ahora ya, por fin, el curso está acabado. Y ellos, por fin, respiran. Ahí están, encima del escenario. Tan estupendos, tan jóvenes, tan felices, tan inconscientes. Uno a uno recogen las orlas de manos de sus dos excelentes tutoras. Profesoras de la enseñanza pública que durante todo el curso los cuidaron, guiaron y animaron para que no desfallecieran. Que un profesor u otro sea el tutor de un grupo de alumnos es producto del azar cuando se organiza el curso. Convertir la labor de tutor en una herramienta imprescindible para la superación del curso por parte de los alumnos es, en cambio, solo debido a la implicación del docente. Por ello, desde aquí, mi felicitación y mi respeto para ellas.

Yo les aplaudía desde mi asiento, sonreía, recordaba conversaciones, risas, broncas, clases complicadas, anécdotas impagables, mis momentos de equivocada impaciencia, sus momentos de equivocada frustración. Ellos, mientras, en sus discursos y en sus vídeos trasmitían un sincero cariño hacia su etapa educativa en el centro, preferían quedarse con lo bueno (lo ha habido) y dejar de lado lo malo (que también lo hubo).

Reitero mi orgullo. Por ellos. Por todos. Por los que aprobaron conmigo y por los que, desgraciadamente, no fueron capaces. Orgulloso de haberles dado clases porque en cada momento demostraron que, más allá de las dificultades, estaban dispuestos a seguirme para aprender. Y eso, curiosamente, lo complicaba todo. Hicieron de cada clase un reto ineludible para mí: tenía que estar a la altura de su compromiso y conseguir enseñarles, conseguir que comprendieran cada uno de los conceptos abstractos y extraordinariamente complejos que mi asignatura plantea a este nivel.

Al final de curso, medio en broma medio en serio, les comentaba que no recordaba curso más complicado que este en mis años de carrera docente. Es verdad. Creo que darles clases a ellos este año ha sido el reto más complicado de mi carrera docente. Y estoy muy satisfecho con el resultado. Modesto tal vez, anecdótico pensarán muchos, intrascendente dirán otros. En absoluto. Creo firmemente en que son las pequeñas batallas el espacio en el que más podemos aportar. Dar una oportunidad de futuro a los que todo lo tienen en contra, sin traicionarles, sin regalos, sin buenismos condescendientes es una de las vías que la enseñanza nos permite. Jamás le di tantas vueltas a cada una de mis clases. Ni dediqué más recreos a resolver dudas individuales que nunca hubieran podido tener espacio en las clases.

Pero ahí estamos todos ahora, en un teatro de pueblo, compartiendo su felicidad, celebrando su triunfo. El final de una etapa que les permite incorporarse a los estudios superiores, ir a la Universidad, equipararse a tantos a los que llegar hasta ahí no les supuso ni la mitad del esfuerzo que ellos necesitaron. Y no precisamente por capacidad intelectual. Yo les aplaudo, me río, me emociono, me relajo, por fin, y espero que ahora, que poco a poco mi recuerdo se diluirá en sus vidas, algo permanezca de lo que les intenté transmitir. Respecto a la importancia del pensamiento racional, del conocimiento, del saber y de la duda legítima.

Y espero que no se olviden de dónde vienen. De dónde surgieron. Ahora que volarán lo más lejos que puedan y que quieran. Que no olviden que ellos son carne de la enseñanza pública. De esa enseñanza pública que tantos machacan cada día. Que sin la enseñanza pública difícilmente se les hubiera abierto la ventana de oportunidad que ahora se les abre. Que fue la enseñanza pública la que ningún mérito les pidió, ni ninguna cuota, la que no miró sus apellidos, ni indagó en su origen social. Que fue su trabajo y el de sus profesores lo que les permitió llegar hasta dónde ahora están. Y hasta donde llegarán. La desmemoria y el infecto elitismo son el cáncer que devora a una educación pública que lucha contra los prejuicios de un clase media que olvidó sus orígenes. Ellos son el futuro, dicen. Pero yo, hoy, solo puedo alegrarme por su presente.

17 mayo 2017

Peligros y contradicciones de la nueva educación emocional

Dedicarte a la docencia durante 10 años ofrece cierta perspectiva. Pasar curso tras curso dentro las aulas de la enseñanza pública en Madrid, cada vez más complicadas y masificadas gracias a la doble segregación Concertada/Pública y Bilingüe/No Bilingüe, permite, si trabajas con los ojos abiertos y vives de manera activa tu profesión, construir un opinión sobre lo que enseñamos, cómo lo enseñamos y el contexto social y legislativo en el que podemos enseñar. Cuando curso tras curso cambias de centro y terminas comprobando que existen realidades inalterables cuyo origen es ese contexto socioeconómico y familiar del alumnado que menosprecia la Administración, eres aun más consciente de cómo el auge mediático de la innovación educativa y las nuevas pedagogías no son más que la manera con la que el sistema esconde sus vergüenzas e intenta imponer sus necesidades económicas a la escuela. No basta con la experiencia docente (que es imprescindible), creo firmemente que todo profesor que intente construir un argumentario fuerte sobre la educación y sus consecuencias está obligado a estar continuamente leyendo. Pero no hablo de leer sobre nuevas técnicas pedagógicas y cómo con ellas los alumnos alcanzarán ese insustancial y tiránico estado de absoluta felicidad, sino que hablo de leer sobre economía, política, filosofía y actualidad para realmente comprender el contexto real en el que trabaja cada día.

Una mirada curiosa e indagadora permite asegurar a todo el que sea honesto con la razón intelectual que, más allá de esa realidad determinista de origen socioeconómico y familiar que afecta decisivamente a la trayectoria educativa de los alumnos, no existen verdades absolutas en relación a las mejores maneras de enseñar. En cada centro no constreñido por proyectos educativos totalitarios y que permite libertad de método pedagógico a sus profesores se observa con facilidad cómo los mejores profesores, los que terminan calando en el alumno, aquellos que permanecerán en su memoria para siempre, nunca tienen un único perfil: no tienen por qué ser jóvenes ni mayores, ni innovadores tecnológicos ni representantes de la vieja escuela, ni han de ser obligatoriamente cercanos y empáticos, ni necesariamente distantes. Pero hay una constante que se cumple inevitablemente en todos ellos y que surge siempre que los alumnos hablan sobre ellos, sobre sus mejores profesores. Es una certeza transversal: esos profesores les enseñaron. Les enseñaron cosas. Aprendieron con ellos. Aprendieron conocimientos. Conocimientos que en los siguientes cursos les facilitaron la vida para aprender nuevos conocimientos. No hablan así de aquellos que fueron buenos o cariñosos con ellos, aunque eso lo valoren. A esos profesores los aprecian pero no suelen ser los que los marcan. De los que hablan con esa profunda admiración adolescente que solo surge en los momentos especiales son de los otros, de los que les enseñaron de verdad, de los que les abrieron las puertas de saber. Aunque solo fuese una rendija durante un solo curso. 

La enseñanza de contenidos (la instrucción) es la única que, paradójicamente, deja espacio al alumno para la crítica y la rebelión. Para el uso de la razón y de la reflexión. No se puede enseñar nada desde la nada. No se puede aprender nada cuando la nada inunda las aulas. Por mucho que las "invirtamos". Solo desde una defensa expresa del conocimiento podemos defender una escuela realmente útil para la sociedad. Por eso hay que luchar contra ese mantra liberal que, desgraciadamente, los viejos y caducos partidos socialdemócratas europeos han terminado asumiendo como propio: "hay que poner la escuela al servicio de la sociedad". En absoluto. La escuela (pública) es un servicio de la sociedad a sus ciudadanos.

El alumno solo encontrará ese espacio de libertad en las escuelas si sus profesores no son elegidos por empresas, entidades religiosas o estados totalitarios. Es irónico que aquellos que defienden poner el dinero público en manos de empresas privadas u organizaciones religiosas para que eduquen a sus hijos según sus limitantes principios ideológicos son los mismos que lanzan cada día soflamas histéricas sobre el supuesto control ideológico de los alumnos por parte del Estado a través de los profesores funcionarios. Hay que no tener ni puñetera idea de cómo funcionan los IES y los colegios públicos para creerse algo así. La oposiciones y el anoréxico mercado laboral hacen que exista una enorme pluralidad de voces en la enseñanza. ¿Control ideológico de la información que le llega a los alumnos? ¿Control ideológico y moral de la labor docente?  No lo duden, si quieren encontrarlo saben dónde buscar: en la enseñanza privada y privada-concertada.

Actualmente vivimos inmersos en una nueva batalla por la "modernidad" de la educación. De momento apenas roza el día el día de las aulas pero se está convirtiendo en una clamor mediático que construye los cimientos para el asalto final del capitalismo al mundo de la enseñanza ¿Eres profesor? Pues o eres innovador o eres una rémora. Y por innovación hay que dejar de pensar en nuevas tecnologías. La cosa no va por ahí.  La "nueva" educación psicoafectiva, cuyos mayores defensores  se encuentran curiosamente en cierta clase media pijoprogre que ha convertido la crianza de los hijos en un proyecto vital totalitario, intenta modelar emocionalmente a los alumnos y (re)construirlos según valores pretendidamente positivos.

Lo que finalmente se busca son consumidores dóciles y trabajadores entrenados (el puto coaching) emocionalmente para tolerar la frustración. Consumidores poco exigentes, sin criterio propio, sin rabia. Trabajadores adiestrados (¿amaestrados?) en las competencias y habilidades que el mercado considera adecuadas y aprovechables. Sin conocimientos, sin posibilidades económicas de alcanzar estudios superiores de nivel, las clases populares (vamos, los pobres) vuelven a estar de nuevo condenadas. Pero eso sí, estarán "educados", "entrenados" no solo para soportar su miseria y "comprenderla". Sino también para  justificarla. No sabrán nada de nada pero creerán que lo que les pasa es normal, natural. Y ese será el gran triunfo de la nueva educación, esa que promete hacerlos felices a todos solo mientras son niños y adolescentes, para después abandonarlos en manos del Mercado, para que  pueda disponer de ellos eficazmente. Y los siga formando durante toda su vida.

03 marzo 2017

Contra el desprecio del conocimiento

¿Cómo conseguir que un alumno comprenda que nada gana con focalizar su energía adolescente en negar el aprendizaje que le propone la escuela?
Vivimos en un tiempo en el que el antiintelectualismo se ha infiltrado en todas las capas sociales, el conocimiento se banaliza y la persona instruida en cualquier saber debe disfrazarse coloquialmente de "friki" para poder sobrevivir en su entorno social. Solo deslumbra el que alcanza el éxito, aunque sea debido a la futilidad más absurda. Lo racional ha perdido de nuevo la batalla, no solo contra lo emocional sino también contra una frivolidad hedonista que provoca arcadas. Se desprecia sin tapujos cualquier amago de conocimiento demostrado, de dato contrastado o de opinión argumentada. No hace falta saber, dicen. Y llevan años intentando trasladar ese lema, propio de imbéciles, a la escuela. Se denuesta la "transmisión de conocimientos" (¡anatema!) cuando es la única manera de ser leales con las nuevas generaciones, para que maticen su arrogante (y natural) adanismo adolescente con la comprensión de una historia previa a su vidas donde se ofrecieron muchas posibles soluciones a muchas de las preguntas y desafíos intelectuales y vitales a los que ellos se han de enfrentar. No se trata de acotar esas soluciones sino de ampliar los horizontes de las posibles respuestas.

Potenciar la creatividad no puede convertirse en dilatar de manera dramática esa época de la infancia en la que se le aplaude de manera exagerada al niño cualquier actividad supuestamente artística u ocurrencia inesperada. Cuando para cada padre su hijo parece ser el más ingenioso, perspicaz y curioso de la manada. La enseñanza en la adolescencia nos obliga a hacerles comprender a los alumnos la importancia de conjugar el principio de realidad con el principio de deseo, desintoxicarles de equivocadas percepciones de esa realidad que hasta ahora, en muchos casos, ha estado supeditada a sus caprichos infantiles, y permitirles conocer sus limitaciones para aprender a trabajar sobre ellas, para mejorar y avanzar en su formación académica e intelectual. Pero claro, todo eso es demasiado prosaico para muchos padres que convirtieron a sus hijos en neojuguetes emocionales durante demasiado tiempo y no están preparados para ningún contratiempo, ni para que nadie les venga a decir que sus retoños no son esas lumbreras que ellos creyeron criar. Esos padres, las nuevas formas de ejercer la paternidad, los pijopadres de clase media y media alta se han convertido en una variable trascendente en la absurda deriva en la que está inmersa la educación en la actualidad. Su manera esencialista de entender la crianza se ha infiltrado sin solución en el debate educativo, y cualquiera de sus absurdas reivindicaciones (como la ridícula y sonrojante campaña antideberes) encuentra rápidamente altavoces mediáticos financiados, en último lugar, por un sector privado ansioso por aumentar sus beneficios en el apetitoso ámbito de la educación reglada. ¿Quiénes son los que nunca aparecen en estos debates? Los padres de las clases populares. Cuyos hijos serían los verdaderamente perjudicados si estas distopías de perversa felicidad educativa se hiciesen realidad. Nadie los representa jamás en estas discusiones. Significativo.

Desde hace ya muchos años se identifica de manera deshonesta y artera "transmitir conocimiento" con una escuela decadente, del "siglo XIX", mientras que "potenciar la creatividad" del alumno, aunque nadie sepa exactamente qué significa eso, ni qué resultado real se obtiene de ello, supone transitar hacia una luminosa modernidad, hacia un cambio de paradigma pedagógico. Es triste constatar el fracaso de muchos de los profesores que intentan aplicar, en la dureza diaria de las aulas, los delirios de los gurús pedagógicos habituales en las charlas TED. En las redes y en sus discursos se muestran como fanáticos defensores de esas nuevas pedagogías, tan creativas y tan empáticas. Presumen de minusvalorar aprendizajes concretos de sus materias para priorizar las clases-evento (algunos incluso fardan en los periódicos de comer sandías en sus clases como forma de provocar extrañamiento en sus alumnos), que después difunden de manera compulsiva por redes sociales para satisfacer su vanidad y reforzar posiciones en la tribu. Tras el espejismo suele aparecer la cruda realidad, cuando se enfrentan a la aspereza diaria del aula de la enseñanza pública, a grupos de alumnos no seleccionados, sin motivación intrínseca, sin intereses manifiestos, disruptivos no por naturaleza sino, en general, por un  indecente determinismo socioeconómico (eso de lo que nunca les gusta hablar). Y demuestran su incapacidad docente. En el fondo como la de gran parte del resto de su compañeros profesores. Porque en el día a día del aula es tremendamente complicado hacerlo bien. Incapacidad para empatizar. Incapacidad para conseguir aprendizajes significativos. Incapacidad incluso para mantener en sus aulas un clima de convivencia aceptable. Incapaces. Inútiles en su labor. He sido compañero de algunos de estos profes-gurús. He sido testigo de cómo intentaban implantar en sus horas de tutoría un sucedáneo de mindfulness mientras los alumnos se reían a sus espaldas y contaban cómo se dormían en esas clases y se descojonaban de la influencia intelectual del profesor en cuestión. Nada más ridículo que su fracaso diario. Pero no por el propio fracaso (el éxito nunca dependió tan solo de ellos), sino por las pretensiones y el desdén hacia otras prácticas "menos innovadoras" implícitos en sus discursos. Porque el problema de planteamientos maximalistas como los que defienden es que el fracaso no se contempla, no es posible. Porque ellos son rompedores, dinámicos, cercanos, líderes, guías, innovadores. Ellos son ese tipo de docente que yo describo como "profesor onanista": no dejan de hacer cursos, de "formarse", de preparar "dinámicas", actividades rompedoras... Solo tienen un problema, un obstáculo, un impedimento: la realidad. Sus alumnos, tras su clases, no muestran cambio significativo alguno. Y si finalmente su labor impacta de alguna manera en ellos habría que delimitar si ello depende de sus técnicas pedagógicas o de su carisma. Y qué jodido resultaría tener que constatar que esa influencia, la del carácter, es lo trascendente. Porque echaría por tierra la construcción del nuevo imaginario pedagógico.

Durante lo últimos tiempos asistimos a una anómala y extraordinaria difusión mediática de todo tipo de prácticas pedagógicas alternativas que rozan el delirio. Un ejemplo de ellos es la de serie de artículos que la periodista Ana Torres Menárguez publica en El País bajo el paraguas de "innovación educativa" y que, curiosamente  (no es casualidad, seguro) se publican en la sección de Economía del diario.  En ellos podemos encontrar lo que, en un primer momento, podemos considerar tan solo insensateces sin valor a las que nadie medianamente racional podría hacer mucho caso: "El profesor del siglo XXI tiene que enseñar lo que no sabe"; "el profesor ya no tiene valor como transmisor de información. Ahora lo que tiene que hacer es diseñar nuevas experiencias de aprendizaje"; "en la escuela se aprende a través de la memorización, sin pensar". Prácticamente cada día aparece un nuevo sabio dispuesto a aportarnos luz (difusa). Este, en el ABC: "el conocimiento en Lengua, Matemáticas, Ciencias y Humanidades está en Internet, los jóvenes tienen que hacer cosas prácticas en el colegio". El primer impulso del que conoce la educación desde dentro, desde las aulas de la educación obligatoria, es desdeñar afirmaciones idiotas como las anteriores. El primer impulso es la risa incrédula. Pero deberíamos andar con cuidado porque detrás de la proliferación de críticas a la docencia realista y pragmática que tiene resultados (por supuesto mejorables) y ha permitido posibilidades de futuro a miles de alumnos no se intuye un intento de mejora de lo existente sino su sustitución por ensoñaciones intelectualmente propias del pensamiento mágico que, en el fondo, enmascaran el último intento del sector privado por dirigir y capitalizar la "modernización" pedagógica de nuestras aulas y nuestros profesores.

Yo soy profesor de la ESO y Bachillerato. Nunca seré uno de esos grandes profesores que promociona la Fundación Atresmedia. Afortunadamente. Tampoco hago videos de Youtube. Considero lo del flipped classroom una extraordinaria memez que en muchos caso provoca vergüenza ajena y que en todo caso aleja al alumno del elemento clave de la enseñanza presencial: la posibilidad de interpelar directamente a su profesor cuando no se comprende algo. Creo que el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP) puede resultar útil para aprendizajes concretos pero resultan evidentes sus limitaciones para una formación profunda y reflexiva por el tiempo disponible para cada materia. Es clave entender que no existen soluciones mágicas en esto de la educación pero que, por supuesto, no se puede desdeñar el uso de nuevas estrategias de aprendizaje si resultan útiles, provengan de la corriente pedagógica que provengan. No conozco un solo profesor al que le preocupe su profesión que no modifique cada año sus clases buscando nuevas maneras de llegar a sus alumnos. Pero en estos tiempos oscuros resulta fundamental posicionarse y defender con enorme firmeza la importancia de los contenidos. Se está transmitiendo en la actualidad un absurdo y peligroso desprecio por la adquisición de conocimientos. Y en esa trinchera nadie me encontrará jamás. Yo doy clases. A la vieja usanza. Y transmito conocimientos (¡anatema!). Doy "clases magistrales" (bueno, ya me gustaría que fueran magistrales). Y lo haga mejor o peor soy consciente cada día de que es inevitable cierto nivel de fracaso. Porque yo fracaso. Todos los días. Desde hace años. Desde que empecé a dar clases. Incluso aunque las clases funcionen. Siempre hay algunos alumnos que se perderán por el camino. Que no entienden que aprender implica motivación y emoción, sí. Pero también esfuerzo. Y constancia. Pero es que, además de lo que hagamos mis alumnos y yo, también existe el contexto socioeconómico y familiar en el que se desarrolla la vida del alumno. Y ese factor tiene una importancia esencial, acrecentada por los recortes, los aumentos de ratios y la segregación sociológica que provocan programas como el bilingüismo en Madrid. Porque el fracaso educativo es una realidad que no va a desaparecer. Pero no afecta a todos por igual. No afecta por igual a los hijos de la clase media que a los hijos de las clases populares. Y no es casualidad. Y esa es la lucha a la que yo he decidido dedicar mi vida laboral. No soy un mercenario ni tampoco me considero tan solo un profesional de la educación pública. Si hacen bien su trabajo entiendo a los primeros y respeto a los segundos. El cementario educativo está repleto de bobaliconas vocaciones sentimentalmente equivocadas.  Yo soy un convencido. Un entusiasta. Creo realmente en la importancia de mi labor, a pequeña escala, en la vida de los cientos de adolescentes a los que ya di clases. Cada loco con su tema.

Espero que mis alumnos, en el futuro, me recuerden con cariño. Que consideren que siempre los respeté y que siempre estuve ahí para ayudarles en su formación. Me obsesiona eso. Que sean conscientes de que les enseñé lo que tenían que saber en ese momento clave de sus estudios. Pero sobre todo espero que me recuerden por haberles transmitido la necesidad de aprender conocimientos, de saber muchas cosas, de muchas materias (no solo de la mía), de estar atentos a la realidad, de no dejarse seducir por los atajos. Porque solo con información y el conocimiento de voces diferentes y datos contrastados se puede desarrollar un pensamiento crítico. Lo demás es una enorme mentira disfrazada de buenas intenciones.

27 enero 2017

Una año de libros (2016)

Estos fueron los libros que leí por primera vez durante durante 2016. Año con lecturas variadas, algunas excelentes, otras decepcionantes. Todas necesarias para seguir al día del momento en el que vivo.
  • CT o la Cultura de la Transición (2012)Varios autores. Ensayo (sociología).
  • Subsuelo (2015)Marcelo Luján. Novela.
  • La tierra que pisamos (2016)Jesús Carrasco. Novela.
  • Los muertos (2010)Jorge Carrión. Novela.
  • La desfachatez intelectual (2016)Ignacio Sánchez Cuenca. Ensayo (sociología)
  • Blanco bueno busca negro pobre (2011)Gustau Nerín. Ensayo (cooperación y ONGs)
  • Los libros repentinos (2015)Pablo Gutiérrez. Novela
  • Los disparos del cazador (1994) – Rafael Chirbes. Novela.
  • Magistral (2016Rubén Martin Giráldez. Novela
  • Contra la nueva educación (2016)Alberto Royo. Ensayo (educación).
  • Cocaína (2016)Daniel Jiménez. Novela.
  • El guion musical en  cine (2013)Conrado Xalabarder. Ensayo (música de cine).
  • Cero  K (2015)Don Delillo. Novela.
  • La conquista de lo cool (1997)Thomas Frank. Ensayo (publicidad).
  • Paradojas de lo cool (2016)Alberto Santamaría. Ensayo (filosofía).
  • La conjura de los ignorantes (2016)Ricardo Moreno Castillo. Ensayo (educación).
  • Fracaso escolar y desventaja sociocultural (2016)Ignacio Calderón Almendros. Ensayo (educación).
  • La pantalla distópica (2015)Lucía Salvador. Ensayo (cine)
  • En la lucha final (1991)Rafael Chirbes. Novela.
  • La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías (2012)Colectivo Juan de Madre. Novela
  • Contra el runnig (2016)Luis de la Cruz. Ensayo (sociología).
  • El educador mercenarioPedro García Olivo. Ensayo (educación).
  • La gran ola (2016)Daniel Ruiz García. Novela.
  • La edad media (2016)Leonardo Cano. Novela.
  • Patria (2016)  Fernando Aramburu. Novela.
 

20 enero 2017

Un año de cine (2016). Segunda parte

Aquí comparto la segunda tanda de películas que vi por primera vez durante 2016. Aclaro, mediante la palabra cine, las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente, según las fui viendo. 
  • Cien años de perdón (2016)Daniel Calparsoro. No permanecerá en la memoria del cinéfilo esta muestra rutinaria de un cine español que traslada con éxito los esquemas del cine americano de género. Cine que no molesta, que se deja que ver, que no deja huella y sirve como entretenimiento inocuo porque prefiere no profundizar en las claves de esa sociedad corrupta en la que se desarrolla. La falta de ambición es su gran lastre.
  • Los exiliados románticos (2015)Jonás Trueba. El cine del menor de la saga de los Trueba tiene personalidad propia, es poderoso en su afán de simpleza, y su fuerza radica en lo que parece ser una inconsciencia completamente meditada: Jonás Trueba hace el cine que le sale del corazón, un cine que puede parecer a ojos despistados intrascendente, destartalado o aburrido. Pero es un cine con alma, que transpira verdad, inocula emoción y trasmite una pasión feroz por la vida.
  • El futuro (2013)Luis López Carrasco. Extraña e hipnótica película. No comparto la pasión de cierta crítica nacional por ella. Implica un esfuerzo demasiado intelectualoide por parte del espectador aceptar las lecturas sociopolíticas que se han querido hacer de esta película. Se desarrolla íntegramente en una fiesta, el día que Felipe González gana en las elecciones en 1982, en la que vemos cómo la peña habla, se ríe, se emborracha, discute o se pelea, pero apenas alcanzamos a escuchar fragmentos entrecortados de las conversaciones. Se ha escrito mucho sobre ella, sobre el desencanto por la política, por la Transición y por la España que se estaba construyendo. No termino de verlo. Será problema mío.
  • Calle Cloverfield 10 (2016)Dan Trachtenberg. Aunque el rollito de ser (y no ser) una secuela de Monstruoso, la película de Matt Reeves, termine siendo más una molestia que un beneficio (resulta demasiado evidente el artificio publicitario, termina siendo ridículo) lo cierto es que como película adscrita al subgénero de encierro post-apocalíptico y claustrofóbico en búnker americano (tamaño medio, ¿no tiene cada americano el suyo?) funciona razonablemente bien. Mantiene la tensión, la ambigüedad y el punto de terror atmosférico necesario. Entretenida.
  • El viaje de Arlo (2015)Peter Sohn. Resulta anodina, convencional, repleta de clichés y de roles de género. Un Pixar menor que no cuaja en ningún momento en película notable. Aburrida y convencional.
  • Hidden (2015)Hermanos Duffer. Antes de Stranger things los hermanos Duffer escribieron y dirigieron esta vuelta de tuerca de la clásica historia de encierro familiar tras brote de epidemia mortífera que genera la aparición de zombis. La película crece en interés cuando deja al descubierto su verdadera identidad y la reflexión, al estilo de la clásica Soy leyenda, se impone a una producción más bien pobre y a una historia construida mediante todos los clichés del género. Se deja ver.
  • Alma salvaje (2014)Jean-Marc Vallée. Película intimista, viaje introspectivo, redención de una vida egoísta y absurda a través del esfuerzo físico y la soledad. Todo eso queda estupendo sobre el papel. ¿El resultado? Pura pornografía emocional. El rollito de la superación personal capaz de imponerse a cualquier drama vital encabrona e irrita. Pero qué le mola a Hollywood.
  • Midiendo el mundo (2012)Detler Buck. Qué bonita música. Y qué bonita su historia: las vidas paralelas de Alexander von Humboldt y Carl Friedrich Gauss, dos genios de la ciencia, dos hombres cuya curiosidad era insaciable. La película, solo por eso, y sin llegar a la altura de los hombres de los que habla, merece la pena. No se pueden obviar errores en el tono y en el ritmo de la película. Pero recomendaría una y otra vez acercarse a la vida de estos dos tipos.
  • El camino a casa (1999)Zhang Yimou. Donde algunos ven amor y poesía en un paisaje arrebatador yo solo me encuentro el retrato absurdo de la obsesión irracional de una mujer joven que bordea peligrosamente la idiotez. El director se empeña en mostranos sus carreras, sus coletas y sus lágrimas según un canon romántico pueril que presupone que el amor absoluto implica una deterioro inevitable de las funciones cognitivas superiores. Me da pereza hasta pensar en ella.
  • Anarchy: la noche de las bestias (2014)James DeMonaco. La segunda película de la trilogía de La Purga es la mejor de las tres. Personajes recios, sobria puesta en escena y la cuestión sociopolítica distópica aparece al fin como conflicto y motor de una historia dura y afilada, aunque inevitablemente superficial. Entretenida.
  • Embarazados (2015)Juana Macías. Hay un tendencia reciente en el cine español que termina resultado irritante. Durante un rato, al principio del metraje, se impugnan mediante convincentes argumentos racionales convenciones sociales arraigadas con fuerza en nuestra sociedad, para finalmente sucumbir a la fuerza de la emoción irracional, del instinto primitivo y del conservadurismo social. Pero hay algo peor que eso. Lo peor es que durante esa primera parte apenas sonríes y después, en la segunda, te aburres miserablemente.
  • Midnight special (2016)Jeff Nichols. Uno de los directores norteamericanos más interesantes del momento nos deja una película estupenda de ciencia ficción en la que un niño con poderes es secuestrado por su propio padre para salvarlo de una secta milenarista. Relato audiovisual de calidad que narra con enorme fuerza una hermosa relación padre-hijo. Extrañamente áspera resultará una experiencia incómoda para el espectador despistado. Una de las grandes películas de este año.
  • Sisters (2015)Jason Moore. Película realizada para el lucimiento de sus dos protagonistas, estrellas cómicas de la televisión americana. Es una absurda acumulación de sketches con poca gracia, sin hilo en común y con una historia de aceptación y redención social y familiar vomitiva. Penosa.
  • Belle de jour (1967)Luis Buñuel. Brutal retrato de la clase media acomodada en la Francia de la segunda mitad de siglo XX. La doble moral  y la hipocresía no son denunciadas sino expuestas en carne viva. El fracaso vital se mastica con la tristeza y la rabia de la desigualdad social. Brillante.
  • La silla de Fernando (2006)Luis Alegre y David Trueba. En primera persona, sin contraplanos ni imágenes de archivo, Fernando Fernán Gómez, uno de los personajes culturales más importantes de la España del último siglo, desgrana anécdotas, recuerdos y reflexiones sobre la vida, el cine, las relaciones y su carrera. Una delicia.
  • Viridiana (1961)Luis Buñuel. Perversa y venenosa. Cine con mayúsculas que construye un humanismo artificial de origen religioso solo para destruirlo, con saña, con lucidez, de manera reflexiva, sin ambages. Una película extraordinariamente moderna cuya fuerza se agiganta con el paso de los años con un tramo final antológico. Extraordinaria.
  • Los olvidados (1950)Luis Buñuel. Una auténtica obra maestra. Tal vez la mejor película que vi durante 2016. Buñuel construye una historia con vocación atemporal que pone el foco sobre la violencia intrínseca de una juventud criada en los arrabales del sistema, que nada espera de la vida y que por tanto no solo no teme a la muerte sino que la desafía y la invoca. Estremecedora.
  • Un perro andaluz (1929)Luis Buñuel. Ni siquiera es ya necesario opinar sobre esta película. Está ya por encima del bien y del mal. Pertenece a la historia de la cultura del siglo XX. Respira libertad, respira atrevimiento y transmite inteligencia.
  • High Rise (2015)Ben Wheatley. Tras su apariencia de cine convencional esta adaptación de una novela de Ballard esconde una carga de profundidad que la emparenta con Snowpiercer a la hora de plantear una solución radical y subversiva a los conflictos que provoca la sociedad de clases capitalista. Lúcida, incómoda, caótica y desordenada. Muy recomendable.  
  • Misión imposible 5: nación secreta (2015)Christopher McQuarrie. Escribo esto pocos meses después de ver la película. Ya casi no recuerdo nada de la trama. Y mi memoria siempre ha sido excelente. Un pasatiempo de baja estofa, un bolo auténtico, que diría mi padre.
  • Sangre de héroes (1989)David Webb Peoples. El guionista de Blade Runner nos deja una película casi conceptual. En un futuro post-apocalíptico un deporte en el que la vida está en juego es utilizado como metáfora para aprehender el significado de la importancia de la vida y del momento. Pero vamos, no te creas ni la mitad de lo que escribo: pura basura sin sentido a la que el tiempo daña hasta sangrar. Mala de solemnidad. Curiosa para los que nos gusta profundizar en la serie Z del cine sde ciencia ficción.
  • Kiki, el amor se hace (2016)Paco León. Comedia agridulce en la que las parafilias son usadas como fuente de humor sin reflexión. El resultado es una película blandita, que no molesta pero no deja poso alguno.
  • El pregón (2016)Dani de la Torre. Ver a Berto Romero actuar siempre es garantía de sonrisas y algunos aciertos de guión permiten realmente su lucimiento personal. Pero más allá de algunos sketches conseguidos la película no se sostiene y se hace más bien pesadita. Para una tarde de sábado sin aspiraciones tal vez pueda funcionar. Se le agradece su falta de ambición. Sabe lo que es y lo que pretende.
  • La invitación (2015)Karyn Kusama. Cine indie que sostiene de manera magistral la tensión durante una hora de película hasta estallar en un climax final de enorme fuerza. Muy entretenida, contiene una curiosa carga de profundidad contra el pensamiento positivo y el intento absurdo de eliminar o apartar cualquier aspecto doloroso de nuestras vidas.
  • Maestros de la luz (1992)Arnold Glassman, Todd McCarthy, Stuar Samuels. Una auténtica gozada. Documental imprescindible para cinéfilos que se centra en el arte de los directores de  fotografía, analizando secuencias emblemáticas y los trucos de los más grandes.
  • Las hurdes (1933)Luis Buñuel. La irrelevancia de cierto cine y televisión actual se hace más evidente al contemplar cómo las posibilidades de subversión y revolución del medio audiovisual fueron aprovechadas hace ya 80 años con una audacia y una inteligencia a la que hoy de difícil asistir. No es un documental sobre la miseria, es un llamamiento desesperado a cambiar el mundo.
  • Captain fantastic (2016)Matt Ross (cine). Tan simpática, tan alternativa, tan antisistema. Un puto fraude. Basura progre-guay. Emparentada con la mucho más interesante La costa de los mosquitos, la película plantea una historia artificial en la que una familia occidental decide alejarse de la civilización para educar a sus hijos en plena naturaleza, en la pureza de unos valores no contaminados por la sociedad. Pura ensoñación new age. Ridícula.
  • Anomalisa (2015)Charlie Kaufman, Duke Johnson. Hace daño. Es lo mejor que se puede decir de esta película. Hace daño. Porque habla del paso del tiempo, de las ilusiones rotas, de la vitalidad física que ya no se encuentra, de la ensoñación permanente que ya no erotiza, de una madurez que no se valora. Y de los errores vitales que destrozan vidas y familias. Cine de animación estimulante e inteligente.
  • Paulina (2015)Santiago Mitre. Una película absolutamente errada que ensalza la emoción sin razón y denosta el pensamiento reflexivo y racional en el muy espinoso tema de las violaciones y el dilema posterior sobre la posibilidad de abortar. De manera maniquea presenta el razonamiento crítico sobre las diferencias sociales en un plano meramente teórico, de progres de salón, mientras que la protagonista, al mancharse las manos de realidad social y ser violada por aquellos a los que intentaba ayudar, decide imbuirse de un mesianismo imbécil e irracional que es elevado a la categoría de posibilidad intelectual en un ejemplo clásico de la falacia lógica del falso dilema.
  • Dos buenos tipos (2016)Shane Black. Clasica muestra del cine comercial americano que mezcla comedia y acción. Escrita y dirigida por el guionista de Arma letal su historia está construida con detalle y mimo, deudora de la tradición y con la frescura de la irreverencia. Entretiene
  • Independence day: resurgence (2016)Rolan Emmerich. Basura intergaláctica. No queda nada de lo que al menos hiciera divertida aquella primera y absurda película de los 90, con quel discurso sobre la liberacion mundial con el que tanto nos descojonamos. Aburrida, inconsistente, infantiloide y fragmentaria. El carisma de los personajes está al nivel de Jar Jar Binks.
  • Maggie (2015)Henry Hobson. Acercamiento intimista a la temática zombi entendida como enfermedad sin solución. Un Schwarzenegger contenido ayuda a empatizar con una historia pequeña, extraña, desarrollada en los márgenes del cine de masas. Funciona.
  • Buscando a Dory (2016) Andrew Stanton. Simpática y bien realizada. El toque Pixar de calidad permanece pero no así la sorpresa ni la fascinación con la que vimos sus primeros títulos. Secuela rutinaria. Bonita de ver
  • El discreto encanto de la burguesía (1972)Luis Buñuel. Un divertimento de alta categoría al que se le han buscado interpretaciones por encima de sus posibilidades. Entretiene pero desfallece a medida que el metraje avanza por la indefinición de la propuesta.
  • La leyenda de Tarzán (2016)David Yates. Un enorme despropósito. No hay por dónde coger esta cosa en la que se entremezclan sin solución de continuidad aciertos de producción, errores de guión de principiante, un casting completamente equivocado y una historia descabellada con un final delirante. Qué cosa más mala, madre mía.
  • ARQ (2016)Tony Elliot. Serie B en la línea  de Al filo del mañana, la película de Tom Cruise. Una máquina resetea el tiempo y eso permite a los protagonistas buscar una y otra vez sin descanso la solución al MacGuffin que plantea la historia. Entretenida a ratos termina dejando poca huella al finalizar.
  • Arrival (2016)Dennis Villenauve (cine). Una de las mejores películas que vi durante este año. Un relato audiovisual fascinante que juega en la misma liga que Interstellar, por momentos dialoga de tú a tú con 2001 y vapulea a Encuentros en la tercera fase. Excelente.
  • Sunset song (2015)Terence Davis. No me terminó de convencer una de estas películas a las que la crítica "seria" convierte en obra maestra apenas aparece en escena. Visualmente es arrebatadora pero la historia resulta fatigosa y la evolución de los personajes errática.
  • Cazafantasmas (2016)Paul Feig. Remake de la famosa película de los 80. Estuvo envuelta en un escándalo idiota por sustituir a los personajes masculinos por mujeres (cuando tal vez ese cambio sea lo mejor de la propuesta, por la inversión de roles y de clichés de género que permite). Mantiene el tipo, divierte en ocasiones y termina derrapando en su necesidad de ofrecer un insípido espectáculo final anegado de efectos especiales. Pasable.
  • Mi amigo el gigante (2016)Steven Spielberg. Durante un rato, al principio, la película se sostiene por la complicidad del espectador pero a partir de cierto momento no deja de caer, de hundirse en la miseria, hasta llegar a la larga secuencia del castillo de la reina que provoca vergüenza ajena en el espectador. Puede que sea la peor película que haya dirigido un Spielberg que se muestra rutinario y escaso de ideas en la dirección. Mala sin matices.
  • Upstream color (2013)Shane Carruth. Absoluta anomalía cinematográfica  que cuenta de manera oscura una críptica y extraña historia sobre conexiones emocionales entre personas sometidas a un shock. Es perturbadora e inquietante, nada de lo que se cuenta (ni cómo se cuenta) parece tener sentido, pero no solo no puedes dejar de verla sino que engancha y atrae. No es para todo tipo de públicos pero es enormemente atractiva. Puro cine.
  • Patterson (2016)Jim Jarmush (cine). ¿Existe realmente la felicidad? Tal vez solo sea ese estado en el que, cubiertas la necesidades básicas, no estamos sometidos al temporal de la enfermedad y somos capaces de situarnos en la misma frecuencia del momento y el lugar en el que vivimos y de aquellos con los que convivimos. Tan poca cosa, tal vez. Tanto, en el fondo. Jarmush construye su historia sobre esta idea y ofrece una de las películas más importantes del año. Una joya.
  • Suicide squad (2016)David Ayer. Basura infinita. Bodrio superlativo. Todo lo malo de las adaptaciones de superhéroes (ruidosa, pobres efectos especiales, historia caótica y confusa en la que la evolución de los personajes carece de sentido alguno) y ninguna de sus posibles virtudes (no hay humor, no hay ritmo, los personajes que debieran ser carismáticos no tienen espacio suficiente para crecer). Más allá de un montaje absurdo que destroza la continuidad de la historia esta película es de lo peor que vi en años.
  • Rogue one (2016)Gareth Edwards (cine). La disfruté mucho. El enorme valor de esta película es que abre con éxito la puerta a la expansión en la gran pantalla del rico universo de Star Wars con historias en las que el drama de la familia Skywalker no sea el motor fundamental. Nuevos personajes y una versión diferente de una Rebelión a la que siempre observamos desde la perspectiva de los héroes pulcros y a la que ahora miramos a través de los ojos de los curritos de la galaxia, de los que se ensuciaron de verdad las manos.
  • Sing street (2016)John Carney. Estimable película que continúa con la misma fórmula de musical pegado a la realidad que el mismo director utilizara en Once y Begin again. Hay intensidad emocional, una acertada (y melancólica) recreación de unos 80 que empiezan a quedar muy atrás y cierta amargura en la reflexión sobre los sueños rotos.

07 enero 2017

Un año de cine (2016). Primera parte

Estas son las películas nuevas (no tengo en cuenta las revisiones) que vi durante el año que acaba de finalizar. Aclaro, mediante la palabra cine, las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente, según las fui viendo. De nuevo fueron casi 100, de manera que separo la lista en dos partes para hacer más digerible su lectura.
  • Extinction (2015)Miguel Ángel Vivas. Pasó desapercibida y no lo merecía. Serie B, género post-apocalíptico con amenaza latente. Unos pocos personajes unidos por el dolor y por el pasado sobreviviendo en un paisaje desolador donde el frío y la nieve sirven como refugio y como tortura vital. Un final melancólico y bien construido remata una pelíucla muy digna, muy recomendable para los aficionados al género. Buen recuerdo.
  • Las sufragistas (2015)Sarah Gavaron (cine). Dura, contenida y necesaria revisión de una época histórica clave en la liberación de la mujer. La pobreza y la miseria la sufrían casi todos pero la humillación y el desdén de los iguales solo eran sobrellevados por ellas. Película que duele, hiere y molesta. Hay que verla.
  • En el corazón del mar (2015)Ron Howard. Hay un cine académico americano que intenta seguir aferrado a las viejas reglas de la vieja industria pero apesta a rancio. Es un cine modélico en lo técnico al que los nuevos tiempos han despedazado, mostrando sus miserias y obviando sus pocas virtudes. Aventura de las de antes, basada en los hechos reales que inspiraran el Moby Dick de Melville, a la que le falta frescura y le sobre artificio e impostura. Con la ya habitualmente tediosa dirección de un Ron Howard en plena decadencia.
  • The host (2006)Bong Joon-Ho. Nunca me ha gustado el cine de terror o de "sustos". Me parece un género que tiende al manierismo y generalmente es insustancial. Pero reconozco haber visto buenas películas de este tipo los últimos años. Y hay en cierto cine asiático una forma de afrontarlo que mezcla estética y vulgaridad que me atrae. No es esta película una de sus mejores muestras (no deja de ser otra película más de bicho asesino, tipo Alien) pero es capaz de entretener, profundizar en las relaciones familiares y aportar una visión ácida de las sociedades modernas.
  • Les combattants (2014) Thomas Cailley. Extraña y sugestiva historia adolescente que esconde debajo de su capa más superficial una interesante reflexión sobre la imposibilidad de sobrevivir a los avatares de la vida sin los otros, sin ese otro que tienes al lado y que no valoras o incluso desprecias mientras nada ni nadie parece hacerte falta, inmerso en esa ficción de autonomía en la que el capitalismo nos ha hecho creer. Muy interesante.
  • El desconocido (2015)Dani de la Torre. Qué pena. Qué rabia. Ópera prima de otro director joven criado en las tetas del cine de género norteamericano. Domina la perfección la puesta en escena y los tiempos de una trama inteligente que juega con las emociones de un espectador que empatiza con un personaje central, el banquero, mientras entiende perfectamente las razones de su agresor, el jodido por la crisis (que amenaza su vida y la de sus hijos). Funciona porque hay fuerza en su narración audiovisual pero es su final, maniqueo, miserable y cobarde, el que la hunde y la hace despreciable. Lo social como excusa para el espectáculo light y la redención lacrimógena. ¡Anda ya!
  • The big short (2015)Adam McKay. Apasionante, rica, desmesurada, a ratos bestial y a ratos excesivamente didáctica. Retrato completo del indecente, absurdo, egoísta y rastrero mundo de las grandes y las pequeñas finanzas cuyo colapso provocó la gran crisis económica. Nadie quería ser el primero en bajarse del tren en marcha. Imprescindible.
  • Bone tomahawk (2015)S. Craig Zahler. El western es ese género al que tantas veces dieron por muerto pero siempre termina ofreciendo propuestas estimulantes, diferentes, ricas y profundas. Una de las sorpresas del año fue esta película con extraños ribetes de gore que no solo no desentonan sino que la enriquecen. Una pequeña joya que consigue una historia en la que el tiempo se dilata y los personajes se expanden. Construida sobre el firme de la tradición (ese viejo ayudante es el mejor homenaje posible al inolvidable Walter Brennan) pero sin complejos a la hora de aportar algo diferente. Estupenda.
  • Sin hijos (2015)Ariel Winograd. Pretende ser graciosa, incluso subversiva pero en el fondo nunca divierte y es tremendamente conservadora. Aburrida historia sobre la falta de ganas de maternidad que es incapaz de sacarle jugo a una propuesta irreverente y novedosa por la necesidad de ser comercial y políticamente correcta. Un coñazo.
  • Ruby Sparks (2002)Joanthan Dayton y Valerie Faris. Lo que empieza pareciendo una comedieta intrascendente y solo pasablemente entretenida termina derivando en un sórdido relato tragicómico sobre el ego del creador (novelista, en este caso) entrelazado con el ansia por convertir a la pareja en alguien diferente de aquel del que nos enamoramos. Absolutamente recomendable. Una joya a descubrir.
  • The divide (2011)Xavier Gens. Despiadado retrato del ser humano. Un grupo de personas termina encerrado en un refugio tras lo que parece un apocalipsis nuclear. Tras merodear por los lugares habituales del género la película parece enloquecer al ritmo de la enajenación de sus personajes, convirtiéndose en un infernal mosaico de la depravación humana difícilmente tolerable. Juega a ser una película desagradable y consigue su propósito retorciendo hasta el mismo plano final las convenciones del género. Película tóxica que permanece en la memoria.
  • Pride (2014)Matthew Warchus. La historia real de un grupo de homosexuales que se implicó en la recaudación de fondos para la lucha minera en la Inglaterra de la Thatcher es llevada a la pantalla con enorme sensibilidad, inteligencia y humor. Excelentes interpretaciones para una película que brilla con luz propia. Deja poso y un regusto final amargo.
  • The revenant (2016)Alejandro Iñárritu (cine). Intensa y ambiciosa. Cine de altos vuelos que sabe que lo que pretende ser. Tan evidente es su búsqueda de trascendencia como la naturalidad con la que consigue impactar, epatar y deslumbrar. Una de las mejores películas que vi este año. Hay que destacar la maravillosa fotografía de Lubezki. Brutal.
  • Desapariciones (2003)Ron Howard. Impersonal y a ratos desastroso western de un Ron Howard desorientado que intenta emular sin éxito a Centauros del desierto. Un director mediocre intentando encontrar las claves cinematográficas de la mejor película de John Ford, uno de los mejores directores de la historia del cine. El desafío era imposible. Ni siquiera unos actores volcados en unos personajes a los que no son capaces de sacar más jugo salvan de la intrascendencia a este relato audiovisual que no es más que un canto melancólico a un cine que no podrá volver.
  • La cumbre escarlata (2015)Guillermo del Toro. Preciosista y hueca. Una enorme decepción, un Guillermo del Toro sorprendentemente insulso, sin el carácter que se le presupone, incapaz de sacarle jugo a una historia que demandaba ser asfixiante e incómoda y se queda en un juego esteticista, insulso e insuficiente. Tan aburrida como anodina.
  • Deuda de honor (2014)Tommy Lee Jones. Fallido pero respetable intento de Tommy Lee Jones por regresar al universo fílmico del western, cuyos parámetros no termina de controlar. Hay buen cine en esta dura historia de perdedores, mujeres enfermas y hombres infames pero la película nunca termina de despegar y termina hundiéndose en el fango de la intrascendencia. Una pena.
  • Truman (2015)Cesc Gay. Fue alabada por muchos pero lo cierto es que esta película de un director más que interesante no fue capaz de superar la barrera de sentimentalismo barato con el que suelen flirtear este tipo de propuestas. Lugares comunes, masculinidad de manual y emociones sin filtro al por mayor. No la compro. Decepcionante.
  • Los héroes del mal (2015)Zoe Berriatúa. Manierista visión de la adolescencia que no termina de cuajar en película importante por su incapacidad de matizar y profundizar en la psique de unos chicos que caen el cliché y no respiran verdad. Una lástima.
  • Poppers (1984)José María Castellvé. Cine español de trincheras al margen del sistema. Cine social de marcado acento político enmascarado tras una estética macarra y punk y  realizado con muy poco dinero. Retrato de esa otra España de los 80 que la CT intenta desde hace años edulcorar. Chocante.
  • Irrational man (2015)Woody Allen. A estas alturas ya no me apena asistir a basuras como estas firmadas por un tipo tan capaz e inteligente como Allen. Hace un tiempo que he decidido creer que Woody Allen hace años que no dirige películas para trascender o emocionar sino para mantenerse vivo y activo. Y puesto que siempre consigue gente que se lo pague yo lo respeto. ¿La película? Absurda, imbécil y a ratos burdamente realizada. De lo peor que ha dirigido estos últimos años. Si hay matices y detalles a valorar esos quedan en manos de sus fans.
  • Spotlight (2015)Tom MacCarthy. Gustará mucho a los que siguen pensando que hubo alguna vez una edad de oro del periodismo, pero no deja de ser el típico drama con el que Hollywood ayuda a la sociedad norteamericana a metabolizar la corrupción de sus élites. Películas-vacuna, las llamo yo. Instrumentos del capital para mitigar y canalizar el dolor y la frustración social. La subversión y la denuncia solo son las excusas para el espectáculo. No hay profundidad, y la acción y el ritmo se imponen sobre la posible reflexión o la natural rabia ante lo relatado. Así, a pesar de lo escabroso del tema que se trata, casi nadie termina realmente herido o señalado. Y las instituciones se salvan.
  • Yo, él y Raquel (2015)Alfonso Gómez Rejón. Comedia y drama entremezclados en un propuesta indie de manual: buenas ideas, interpretaciones sinceras y un universo cercano, accesible, que nos acerca a la calle y a la vida. Tal vez el tema, su tema, ese que parece ser sólo la excusa argumental inicial y finalmente lo llena todo fuera lo que finalmente me separara por completo del película. Problema mío, lo sé. No soporto el cáncer en el cine. Pero aun menos cuando es usado como motor para seguir viviendo.
  • Spectre (2015)Sam Mendes. James Bond me aburre. Tanto. Y en esta película más. Mucho más. Todo el rato. Menudo coñazo infame. No hacen falta lecturas feministas. Que no. Ni lecturas sociopolíticas. Que tampoco. Es solo que el universo Bond es tan, tan, tan aburrido... Siempre me provoca sopor y extrañamiento. Seguir viéndolo es ya tan solo tradición.
  • Mi gran noche (2015)Álex de la Iglesia. Decepcionante. Aburrida e inconsistente comedia que carece de esqueleto sobre la que sostener su trama y que recurre a gags idiotas y a caspa permanente para sobreponerse al vacío que narra. Mala. Habrá que espera a la siguiente de Álex de la Iglesia, un director que a priori siempre me motiva.
  • ¡Ave Cesar! (2016)Hermanos Cohen (cine). Los Cohen vuelven a decepcionarme (y van...) con una historia desarrollada en el Hollywood clásico con la Guerra Fría como telón de fondo. Lo tenía todo para ser divertida e interesante pero una dirección rutinaria y una historia insulsa repleta de personajes sin carisma, construidos con trazo grueso, la abocan al abismo de la irrelevancia.
  • Iván Z. (2004)Andrés Duque. Interesantísimo documental que ahonda en la vida de uno de los creadores más singulares de la España de fin de siglo. Una larga entrevista en la vieja y decadente casa familiar de un Iván Zulueta agotado por la vida, que se explaya y se desnuda ante la cámara. Zulueta, director de la mítica Arrebato, reflexiona sobre su carrera artística, su arrinconamiento cultural en una España casposa y el fracaso que no reconoce. Todo el documental queda empapado por su amor incondicional al cine y por su irrefrenable melancolía por la infancia y el mundo que se fueron. Una joya.
  • Youth (2015)Paolo Sorrentino. Película gigante donde Sorrentino, con su habitual puesta en escena, esteticista y estilizada, nos habla del paso del tiempo y la terrible añoranza de la juventud y la fuerza cuando nada queda ya por hacer. Tremenda.
  • Fase 7 (2010)Nicolás Goldbert. De nuevo cine post-apocalíptico, en este caso argentino. Una plaga obliga a los vecinos de un edificio a quedarse encerrados en él por un tiempo indefinido. Las relaciones se deterioran y la desconfianza y el egoísmo hacen carne en unas personas que terminan estando dispuestas a todo por sobrevivir. Pasable.
  • Batman v Superman, el amanecer de la justicia (2016)Zack Snyder (cine). Ni tan mala como sus detractores pretendieron hacernos creer ni la obra maestra del género que algunos fervorosos creyeron encontrar. Cine de evasión que intenta ser trascendente sin posibilidad de conseguirlo. Momentos ridículos en un conjunto entretenido en el que termina destacando la aparición fresca de Wonder Woman.
  • La quinta ola (2016)J. Blakeson. Distopía adolescente realizada con el firme propósito de provocar arcadas al espectador. Qué cosa más penosa y aburrida. Lo único potable pasa durante los primeros 10 minutos para luego dejar paso a una ñoña y absurda historia de chica que tiene que buscar a su hermano pequeño perdido mientras encuentra el amor alienígena por el caminio. Bochornosa.
  • Invasión (2007)Oliver Hirschbiegel. La cuarta versión de la clásica y maravillosa Invasión de los ladrones de cuerpo de Don Siegel resulta ser una película lamentable con unas interpretaciones deplorables de Nicole Kidman y Daniel Craig. Es difícil hacerlo peor, lo cual es más grave si tenemos en cuenta el rico material del que se partía. Todo lo que era tensión y reflexión sociopolítica en la original se transforma aquí en rutina y sopor. Y si esto ya no era suficientemente nocivo hay que añadirle una serie de decisiones estéticas que lastran la película y un final feliz absolutamente indecente. Carne de perro.
  • El sicario de dios (2011)Scott Stewart. Ofú. Pues eso. Adaptación comiquera con vampiros con mucha mala hostia que sobrevive a duras penas gracias a su condición asumida de serie B sin pretensiones.
  • El viaje a ninguna parte (1986)Fernando Fernán Gómez. Absolutamente maravillosa. Poco que añadir a lo tantas veces dicho por tanta gente antes que yo. El canto melancólico a un tiempo y un trabajo que desaparecían en una España negra, pobre y miserable. Es realmente extraordinaria. Emocionante.
  • Techo y comida (2015)Juan Miguel del Castillo. Bienintencionada pero excesivamente simplista película que se adentra en el drama de los desahucios en una España pobre, casi analfabeta, en la que los apoyos y los cuidados mutuos son una utopía y el Estado se olvida de asegurar los derechos más básicos. Acertado retrado del contexto social que contrasta con la falta de reflexión: no hay discurso, tan solo emoción y lástima. Enorme Natalia de Molina en un papel complicado del que sale airosa.
  • Capitán América, guerra civil (2016)Hermanos Russo. Y ahora los superhéroes ya no son amigos. Madre mía, qué pena. Que no, que no es solo eso. Tragedia. La música insinúa un conflicto emocional irresoluble entre ellos. Dolor. Rostros circunspectos y testosterona por un tubo. El ser humano. Muchas hostias digitales. Shakespeare. Todos contra todos sin que haya la más mínima coherencia con el pasado reciente. Da igual. Tíos y tías en mallas dándose de hostias sin que nunca nadie muera nunca. Taquillazo. Y seguimos, ¿no?
  • Blancanieves y la leyenda del cazador (2012)Rupert Sanders. Una suntuosa y estilizada puesta en escena (a la que se añade una excelente banda sonora) no logran salvar el tedio generalizado que provoca la enésima versión del clásico de Disney. Para echar la tarde.
  • Canino (2010)Yorgos Lanthimos. Una pequeña obra maestra.. Unos padres deciden criar a sus hijos en una casa a las afueras de una ciudad sin contacto con el exterior. El lenguaje se subvierte y se manipula para hacer desaparecer lo sexual, lo conflictivo y lo subversivo de la vida de unos adolescentes incapaces de sobrellevar la tensión vital provocada por sus instintos. Peliculón.
  • Langosta (2016)Yorgos Lanthimos. Extraña distopía con tono de comedia oscura en la que el miedo a la soledad es el motor de una historia repleta de metáforas, alegorías y situaciones perturbadoras. Ni la compañía ni la independencia, ni la soledad autónoma, ni la pareja equivocada impiden al ser humano ejercer su enorme capacidad para ser miserable, egoísta, posesivo y destructivo. Acojona. Y es muy buena.
  • Deadpool (2016)Tim Miller. Muy provocadora, sí. Políticamente incorrecta, también. Un soplo de aire fresco en el saturado mundo de los superhéroes, sea. Pero vamos, que su problema es otro, a ver si nos entendemos: es un soberano coñazo
  • X men: Apocalipsis (2016)Bryan Singer (cine). Más de lo mismo, por supuesto, pero al menos entretiene a ratos y funciona como pasatiempo.
  • Zootopía (2016)Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush. Impecable técnicamente y con algunos personajes carismáticos la película falla por trasladar de manera demasiado literal los conflictos de las sociedades humanas (sin arista alguna, claro) a un mundo animal que demandaba un mayor grado de locura y diversión. Aburre.
  • Política, manual de instrucciones (2016)Fernando León de Aranoa (cine). Un documental que respira vida e ilusión. También transpira miedo y perturba a un espectador que ya lo mira como viejo cuando apenas ese partido político, Podemos, lleva dos años con nosotros. Imprescindible para comprender la necesidad de construir imaginario social y discurso político que calen, que emocionen, que se peguen a la piel del ciudadano. Un documento fantástico para conocer la construcción de un movimiento político desde dentro
  • Los girasoles ciegos (2007)José Luis Cuerda. Convencional adaptación del libro de Alberto Méndez. Cine viejuno con una visión académica de la España franquista que a estas alturas me deja frío como espectador. No me gustó
  • La habitación (2015)Lenny Abrahamson. Un folletín extrañamente encumbrado por crítica y público cuando lo que narra (y cómo lo narra) es carne de telefim basurero de sábado tarde. Solo una producción decente y unas interpretaciones notables logran sacar de la mediocridad general a la propuesta. Entre irrelevante e infumable. Elige.
  • Zardoz (1974)John Boorman. Delirante muestra de la que fue tal vez la época más fecunda de la ciencia ficción cinematográfica con intenciones de trascendencia. La inmortalidad, la decadencia lasciva de una sociedad que se muere sin que pueda físicamente nunca hacerlo se enfrenta a un salvajismo primitivo, intelectualmente inferior pero que dispone de la fuerza, la vitalidad y el ímpetu para imponerse. Una obra que hoy es incomprendida fundamentalmente por su estética imposible, que lastra continuamente un relato audiovisual apasionante
  • Synchronicity (2015)Jacob Gentry. Hay subgéneros en la ciencia ficción cinematográfica en los que es muy difícil ser original y no caer en caminos ya trillados. Esta película simula caminar durante parte importante de su metraje por caminos ya transitados del cine de los viajes temporales para desembocar en una apoteosis final plena de significados y rica en interpretaciones. Curiosa.
  • Cosas que no se olvidan (2001)Todd Solonz. Tremenda película de un Solonz que no decepciona. La acidez de su cine iconoclasta sí es pura subversión, y la manera pausada con la que cuenta sus brutales historias termina siendo un arma de destrucción masiva. Dos historias independientes unidas por un nexo común: la creación y la vanidad. Magnífica.