28 julio 2011

Profesores encabronados: más allá de la indignación

Escribo una vez superada la sorpresa inicial. Escribo tras ir metabolizando lentamente las noticias sobre los recortes en la educación pública que iban llegando desde la Consejería de Educación de Madrid. Escribo tras dejar que la conmoción y el desánimo iniciales fueran siendo sustituidos lentamente por la rabia y la indignación. La indignación. Llevo años defendiendo que era ése el sentimiento que debía ser invocado y canalizado para contrarrestar la actual situación de crisis social permanente en la que nos han colocado. El sentimiento que había que fortalecer y alimentar  para hacernos visibles, dejando atrás el maldito miedo que nos vuelve conservadores (de la nada) o el melifluo e infecto pensamiento positivo, que pretende hacernos creer que siempre somos los responsables últimos de todo lo que sucede invalidando cualquier planteamiento reivindicativo ya que el problema está en uno mismo. Pero hay un desgaste evidente en el término indignación. Se ha manoseado demasiado. Todo el mundo lo utiliza para casi todo. Hay que buscar algo nuevo. Hay que inventar algo nuevo. Algo más castizo, más propio, que refleje mejor mis sentimientos: yo escribo desde el más profundo, sincero y radical encabronamiento. Profesores encabronados. Ése será el título del post. Porque ése debe ser el sentimiento que guíe nuestras próximas acciones. Aunque la derrota sea casi el único resultado posible. Porque así es como me siento: absolutamente encabronado. 

Esperanza Aguirre, a través de su consejera de Educación, Lucía Figar, y su viceconsejera, Alicia Delibes, ha acometido, de manera alevosa, en pleno mes de julio, la parte final de su plan de destrucción sistemática de la educación pública en Madrid. Con la excusa de la crisis (de nuevo) y utilizando mentiras cobardes, han aumentado (retorciendo la ley de manera torticera) la carga lectiva semanal de cada profesor de Educación Secundaria entre dos y tres horas. Los que están fuera del ámbito educativo, los imbéciles en general y los que rumian una estúpida y miserable envidia esquizofrénica hacia el trabajo de los profesores (esquizofrénica porque los mismos que te dicen que estás loco por trabajar con adolescentes “asalvajados” son los que  siempre critican los dos meses de vacaciones) no entenderán cuál es la queja por pasar de 18 horas semanales de atención directa a los alumnos a 20 o 21. Hasta que les toque a sus hijos, claro, ser pasto de estos experimentos. 
 
Lo intentaré explicar brevemente: ese cambio supone que un profesor puede pasar de dar clase semanalmente a 120 alumnos a dar clase a 150. De golpe. Y entre esos 150 nunca estarán, claro, los hijos de Figar. El error (interesado) consiste además en confundir estas horas lectivas con las totales trabajadas semanalmente. Eso sólo lo hace con intereses espurios la susodicha Figar, consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, cuando miente miserablemente en las televisiones de Vocento o Intereconomía ante una panda de periodistas indocumentados que no son más que estómagos agradecidos. La jornada semanal de un profesor en España es de 37,5 horas semanales, de las que 27 son de obligada presencia en el centro; hasta 30 se cumplen con las reuniones extraordinarias de evaluaciones, claustros, reuniones con padres, etc;  y el resto se asume que se hacen en casa (o en el centro) y todo el mundo (que no sea imbécil) puede comprender cómo se completan con tan sólo recordar los trabajos de los alumnos que hay que leer, exámenes que preparar y corregir, preparación de clases, atención de blogs o wikis, formación permanente y un largo etcétera. Pues bien, al aumentar las 18 horas de atención directa con alumnos a 20 o 21, sumadas a las horas de guardia (esas horas en las que ejercemos no de profesores, sino de guardias de seguridad de los alumnos cuando alguna baja médica obliga a un profesor a no acudir al centro; algo que es inimaginable por ejemplo en Francia), y a las reuniones obligadas de coordinación, se cubren las horas obligatorias de estancia en el centro sin que se deje tiempo para cosas tan elementales como preparar unas prácticas de laboratorio. No hay problema. Ningún problema. La Consejería de Educación lo tenía todo bien pensado. No pensaba limitar sus decisiones a algo que finalmente repercutiría sólo en una mayor carga de trabajo a los profesores, pero no serviría finalmente para devaluar aún más la educación pública. El objetivo era más ambicioso.

Ese aumento de carga lectiva del profesorado podría haber significado que con el mismo número de profesores se podrían ciertamente haber mejorado las ratios de alumnos en los grupos (formando grupos de 15 o 20 alumnos, los ideales para la enseñanza) y por ende habría mejorado la atención educativa (por lo que el problema de aumento de la carga lectiva de los profesores se hubiera convertido en un mero problema de derechos laborales, pero no en un problema de calidad educativa), pero como la idea central era la de recortar gastos en la educación pública y devaluarla al tiempo, no sólo no se han mejorado las ratios sino que para este curso han aumentado. Y además se han eliminado los desdobles (grupos que se separan en dos más pequeños para realizar prácticas, conversación de inglés, etc); se ha eliminado por tanto la posibilidad de realizar  prácticas de laboratorio; se ha eliminado la hora de tutoría (en la que el profesor tutor podía dialogar con sus alumnos acerca de los problemas que surgen, tratar aspectos no directamente relacionados con la instrucción pero sí con la educación, acercarse personalmente a ellos, orientarles para el futuro…Sólo hay que pensar lo que va a pasar este año con los niños de 1º de la ESO que saltan del colegio al instituto y no van a poder tener ese ancla emocional que en muchas ocasiones es la figura del tutor para ellos); se han recortado los programas de compensatoria (para alumnos con problemas familiares y socioeconómicos que tenían una atención más personalizada y ahora entrarán en los grupos normales, en los que por una parte será imposible atenderlos como se debe y por otra parte ellos mismos se convertirán en alumnos disruptivos, objetores educativos que harán imposible la convivencia en las aulas y por supuesto, la correcta impartición de las clases); se eliminan las horas de reducción para los coordinadores TIC (por lo que el uso de las nuevas tecnologías en los centros va a sufrir un duro retroceso); se eliminan las horas de reducción para la organización de las actividades extraescolares (con lo que al no haber tiempo para organizarse seguro que se reducen dramáticamente las salidas culturales)… Un ejemplo práctico que será entendido por todos: este año en muchos centros públicos de Madrid habrá grupos de 1º de Bachillerato con 37 o 38 alumnos que verán como no pueden desdoblarse para aprender inglés, utilizar la sala de ordenadores o para realizar una puñetera práctica de Química o Biología. Y no harán salidas culturales porque nadie tiene por qué disponer de su tiempo privado para organizárselas. Aguirre busca conseguir una educación de varias velocidades en Madrid, en la que a la cola esté una educación pública que, aún contando con buenos profesionales (que los hay, y muchos), no podrá competir en ofrecer una calidad educativa acorde con lo que nuestra sociedad nos exige. Y en la que lentamente se irán introduciendo las empresas u fundaciones privadas para ofrecer esos servicios que ahora se van a impedir realizar a los funcionarios públicos con sueldos dignos y que ellas, subcontratadas, realizarán a un menor coste (que evidentemente se consigue a través de ofrecer sueldos miserables a jóvenes precarios), inoculando además ideología neoliberal en los alumnos. Un ejemplo que pone los pelos de punta en la fundación que dirige la hija de Botín, Empieza por educar, con sus “profesores transformacionales” (sic) "líderes" que actúan como "embajadores" de un misión superior: acabar con el fracaso escolar. La terminología que usan, con influencias claramente sectarias, está a disposición de todos a través de su web en la que afirman pertenecer al movimiento "Teach for America", un movimiento educativo estadounidense de marcado carácter liberal.

La consecuencia de estos desmanes va a ser que el año que viene se ahorrarán los sueldos de otros 3000 profesores (a añadir a los más de 1000 del año anterior y a los 400 del anterior) en la Educación Secundaria, lo que supone no sólo la no contratación (hasta ahora habitual) de todos esos profesores interinos (que ocupaban plazas completas y necesarias hasta ahora, que no salían en las oposiciones precisamente para poder tener margen para realizar barrabasadas como ésta), sino desplazar a otros cientos de sus centros definitivos y dejar en el limbo a otros tantos (hay más de 1200 profesores que aún a día de hoy, habiendo obtenido plaza en las últimas oposiciones, no tienen centros donde trabajar). Supone también que para que cuadren horarios y plantillas, y a pesar de ese excedente de profesores cualificados existente, el curso que viene será habitual ver profesores de Filosofía impartiendo Inglés, de Educación Física impartiendo Ciencias Naturales o de Latín impartiendo Francés. Profesores que se enfrentarán a clases de 30 alumnos de media, en los que no se habrán filtrado los alumnos con problemas educativos y sociales que generan enorme conflictividad, en los que se encontrarán alumnos con necesidades educativas especiales a los que no se les podrá atender debidamente (casualmente no suelen ir a la concertada, sino que son siempre derivados a los centros públicos) y que generan también, lógicamente, cierto caos en las aulas por el desfase existente. Grupos de alumnos a los que intentarán enseñar algo de una materia que no han estudiado jamás ni en la que, evidentemente, se han formado como profesores. Un panorama estupendo. Motivador.

Como España está llena de expertos economistas que opinan con tranquilidad desde el conocimiento etéreo que les da Sálvame o los telediarios de Telemadrid, habrá gente que podrá entender que estos recortes son necesarios en un escenario de crisis económica en la que las administraciones tienen que apretarse el cinturón. No voy a entrar a discutir aquí que si queremos que este país salga de las burbujas inmobiliarias, que se aleje del ladrillo y el sector servicios como ejes de nuestra economía, y redirija el sector económico y productivo hacia el I+D, debe fortalecer la formación y la educación de los más jóvenes, y no sólo debe evitar reducir los presupuestos para educación sino que debe reforzarlos (algo que por ejemplo EEUU ha realizado en los últimos tres años, los de mayor impacto de la crisis). Estoy demasiado encabronado para seguir intentando convencer. Prefiero hacer aquí el siguiente cálculo que cualquier idiota podrá entender: el sueldo medio bruto anual de un profesor en Madrid es de unos 30000 euros. Si multiplicamos por los 3000 profesores que se dejan de contratar para este curso salen unos 90 millones de euros de ahorro al año. Podría parecer una cifra a valorar. Podría. Lo que sucede es que si pincháis en este enlace leeréis la previsión que hace ACADE, la asociación de centros privados (no concertados) de Madrid, respecto a la cantidad que ahorrarán los padres de la educación privada madrileña (sólo la privada, no la concertada) gracias al aumento de la desgravaciones aprobadas por Aguirre: casi 65 millones de euros. Esta es la cantidad que no ingresa la Comunidad de Madrid en impuestos porque ha decidido “ayudar” a los pobres padres que llevan a sus hijos a los colegios privados. Al fin y al cabo, ya hacía un tiempo que los centros privados reclamaban su parte del pastel de dinero público que veían fluir indiscriminadamente hacia los centros privados concertados… ¿No hay motivos para encabronarse?... ¿En serio?... ¿Todos los padres están de acuerdo con todo esto? ¿El encabronamiento no debe ser de todo aquél que quiera una educación digna y sufragada con sus impuestos para sus hijos?... ¿De verdad alguien puede creer con honestidad que estos recortes son obligados por la crisis y ésta no sirve más que como excusa para realizar los tratamientos de choque neoliberales de los que hablaba Naomi Klein en La doctrina del shock?

¿Cómo hemos llegado a esta situación? No es una pregunta retórica. Se responde con facilidad y es muy fácil repartir culpabilidades y responsabilidades. Desde luego el gobierno de Aguirre tiene la mayor responsabilidad, aquí en Madrid. Pero sindicatos educativos, padres, profesores y sociedad civil en general tienen una parte muy importante de responsabilidad por olvidar en los años de bonanza de donde venimos y qué significaba haber construido un tejido educativo público como el que teníamos (que evidentemente era mejorable) y que lentamente unos han destruido y otros, con idiotas elitismos, han dejado destruir.

Sólo queda hacer lo que hay que hacer.